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Apuñala a su ex compañera y se suicida

Octubre 30, 2017


El pasado 6 de agosto, a la 1:30 de la madrugada, en la invasión Villa Plata de Barrancabermeja, una de las principales ciudades del departamento de Santander, ubicada a 138 kilómetros de su capital, Bucaramanga, Carlos Alfredo Arrieta, un hombre de 23 años de edad, llegó hasta la casa de su excompañera sentimental y sin mediar palabra le propinó múltiples puñaladas y luego se clavó el cuchillo en el corazón.

La muerte del protagonista de este hecho fue prácticamente instantánea. Estefany Peña, la mujer objeto de su brutal agresión y con quien convivió durante varios años y tuvo una hija, permanece con vida, pero está gravemente herida. Ella fue trasladada rápidamente a un centro asistencial y su estado de salud es crítico. Familiares del occiso manifestaron que la ruptura de la relación con Estefany lo tenía muy mal, se encontraba deprimido y se había dedicado a tomar pero que nadie llegó a imaginarse un desenlace como el acaecido.

Este es uno de los muchos casos de violencia conyugal que se presentan en nuestra región, en los que se ve comprometida tanto la integridad como la vida de una mujer, que son producto de la decisión de la mujer de no seguir llevando el tipo de vida a la que la había sometido su esposo. Con crímenes como este, desafortunadamente, los colombianos estamos familiarizados porque constituyen el pan de cada día.

Este tipo de crímenes es usualmente efectuado por hombres celosos, posesivos, con una mínima tolerancia a la frustración y al rechazo, que en aras del amor que dicen sentir por su cónyuge terminan haciéndolas objeto de su violencia y, en un porcentaje significativos de casos, matándolas. Frente a hechos como este, surgen muchas preguntas, entre otras: ¿Qué ocurre en la mente de este tipo de hombres, que son incapaces de controlar su resentimiento, su rabia, su ira y terminan destruyendo lo que, en apariencia, más quieren?

Los resultados de un estudio recientemente realizado en la Universidad de Northwestern, con personas que suelen manifestar este tipo de violencia, podría contribuir a prevenir este tipo de tragedias; existen evidencias concluyentes respecto a que quienes matan a sus parejas tienen un perfil psicológico y forense significativamente diferente a quienes matan a personas desconocidas. Razonablemente se puede suponer que si se gana en conocimiento respecto a quienes cometen homicidios como el que nos ocupa en este artículo, -crímenes emocionales, que no son premeditados-, se incrementaría la probabilidad de evitarlos.

Al respecto, Robert Hanlon, director del laboratorio de investigación de Psicología Forense de la Escuela Feinberg de Medicina de la Universidad de Northwestern, autor principal del estudio señala: «Los resultados proporcionan información importante que puede ayudar a prevenir futuros homicidios domésticos al identificar a las personas con riesgo de cometer este tipo de asesinatos».

El estudio sobre homicidios domésticos, espontáneos, no premeditados, plantea que estos asesinos presentan enfermedades mentales más graves (particularmente trastornos psicóticos), tienen pocas condenas por delitos graves previas, son menos inteligentes y se observa en ellos un mayor deterioro cognitivo.

Estos crímenes se podrían prevenir si las personas más cercanas a los homicidas potenciales están al tanto del riesgo que se corre al convivir con alguien que se encuentra mentalmente enfermo, máxime si se cuenta con evidencias de tendencias violentas en el pasado. «Generalmente estos actos involucran drogas o alcohol y son impulsados por celos o venganza tras una separación o una ruptura», dijo Hanlon. «En esas condiciones, el hombre puede agarrar el cuchillo de cocina del cajón en un ataque de ira y apuñalar a su mujer 42 veces».

En la misma dirección de este estudio; Vicente Garrido en su libro "Amores que matan" plantea que para evitar verse abocadas a situaciones de violencia doméstica las mujeres tienen que aprender a elegir bien; deben aprender a protegerse de los ataques de este tipo de hombres y a utilizar sus recursos personales para detectarlos y evitar unas conductas que están íntimamente relacionadas: el acoso, el abuso emocional o psicológico y la violencia física.

Tienen que aprender a reconocer quienes son los hombres peligrosos, aquellos que tienen la mayor probabilidad de agredir psicológica o físicamente a sus parejas. Ello puede ahorrarles años de sufrimiento y violencia, y, en algunos casos, salvarles la vida. El conocimiento por parte de las mujeres de los indicadores de violencia en las personas que conocen y de las que se enamoran es un elemento decisivo para evitar que entren en esa relación.

Garrido plantea que determinados tipos de hombres tienen una mayor probabilidad de utilizar la violencia contra las mujeres. Según él, la mujer debe intentar compensar su menor disposición a ser violenta, no volviéndose más violenta, sino aprendiendo a detectar durante la etapa del cortejo cuáles son los indicadores que deberían ponerla sobre aviso. Para ello requiere, por una parte, de un conocimiento mejor de la dinámica de la relación y cómo la agresión puede ser presentida y predicha, y, por otra, poner su voluntad y su energía bien para terminar con una relación antes de que se convierta en algo consolidado, bien para escapar de un círculo vicioso de miedo y violencia en el que quizás habite. El conocimiento y el coraje son absolutamente necesarios para que la mujer se enfrente al hombre violento; conocimiento para saber dónde están los peligros y prevenirlos, coraje para actuar del modo más conveniente.